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jueves, 5 de abril de 2007

Hola, me llamo Cazagol, y soy tripolar.











Aunque pudiera parecerlo, Cazagol no es el nombre épico de algún dragón rosa, ojalá supiera escribir de monstruos y de las aventuras de los héroes caballeros y magos que se baten en duelos cuasi cosmogónicos para rescatar por amistad, o amor, a hermosas princesas de tremendos peligros mortales (el dragón rosa no es peligroso, todos deberían saberlo, supongo que lo rosa es por aquello de la pasión sublimada por enamoramiento, cosa que sí puede llegar a ser un peligro mortal, no obstante que, posiblemente, en el mismo asunto resida todo el misterio de lo eterno).

-Abuelito dime tú...

Eso es viejo, aqui o en China, así pasa cuando sucede, que el cerrajero que llega a cambiarme la chapa no sabe leer pero entiende de todo mejor que yo que me creo letrado, pues percibe perfectamente, que si fuera insecto sería un zángano o un azotador, y que si me enojo o me pongo berrinchudo podría llegar a ser algo peor, por ejemplo, un cienpies o algo así como un gusano carroñero; y nunca un simpático medidor que se la viva buscando el secreto del enorugamiento. Pero él sigue sonrriendo, e incluso se divierte bromeando, dándome coba con que soy angüila eléctrica, y así cotorrón sigue atento a los tornillos, porque está haciendo su trabajo y la fuerza lo acompaña con la ilusión de que pronto terminara su tarea conmigo y podrá alejarse para ir a donde la vida es más sabrosa y la compañia menos estridente. El rosa mexicano, el cási magenta fosforecente, es muy intenso. Pero que ganas de encontrarlo en forma comestible, libre de pigmentos sintéticos y conservadores artificiales. Creo que debería ir por unas guayabas morelenses, antes de que empieze a tragarme compulsivamente la poca pintura que sobra en lo que queda del taller. Bueno sí, tal vez soy tetrapolar. Pentapolar no lo creo, sería demasiado.